LA HISTORIA DEL INODORO II parte


Después de siglos y siglos de suciedad, los europeos volvieron a sentir la necesidad de alejar los excrementos de las casas… y también de los palacios. Así reapareció el olvidado retrete.

En 1596, un ahijado de la reina Isabel de Inglaterra, John Harrington, inventó una especie de inodoro con una válvula que botaba la suciedad en un desagüe cercano.
A la soberana le encantó aquel asiento cómodo y privado. Ya no tendría que soportar los malos olores de una bacinilla bajo la cama, pero… El “water de Harrington”, como se llamó, comunicaba directamente con la cloaca pública. El olor nauseabundo regresaba multiplicado a través del mismo tubo que lo despedía. No se había inventado todavía el sifón.
Aquel primitivo retrete cayó en desuso y la gente siguió vaciando orinales en plena calle. Hubo que esperar casi 200 años para que apareciera…el verdadero inodoro.

Alexander Cummings, matemático y relojero británico, fue su inventor. En 1775, lo patentó. Lo más original del modelo de Cummings no era la taza ni la cisterna, sino la tubería situada por debajo que se doblaba en forma de S reteniendo un poco de agua e impidiendo el paso de los olores. Ese genial dispositivo se llamaria… “trampa de mal olor”.

El sifón inventado por Cummings pasó a convertirse en parte integrante de todos los futuros baños, lavabos y tuberías de desagüe.

El moderno water de cisterna ya estaba a la venta, pero todavía pasarían décadas antes de que sustituyera a la bacinilla y las letrinas exteriores.

En 1830, un grave brote de cólera diezmó la población de Londres. Las autoridades iniciaron una campaña agresiva para la instalación de inodoros en lugares públicos.

Los londinenses acudían al Palacio de Cristal del Hyde Park a hacer uso de los inodoros municipales. Allí, funcionarios vestidos de blanco los recibían y cobraban el penique que costaba sentarse en uno. Durante el siglo 19, los ingenieros británicos construyeron una importante red de alcantarillas en Londres. En virtud del acta de salud pública, se obligó a instalar en todas las casas un inodoro.

A fines del siglo 19, el sistema inglés ya era famoso en toda Europa. Y de Londres se extendió su uso a todo el continente.
Después de siglos de suciedad y oscurantismo, se recuperaban las antiguas y sabias costumbres de la higiene humana.
El inodoro se convirtió en un artículo indispensable de cualquier hogar.

El humilde inodoro pasó a ser el trono universal donde todas las personas se sientan, mujeres y hombres, grandes y chicos, reinas y plebeyos.

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